sábado, 7 de enero de 2017

Crónica de Munich. Vampiro II: Cazador Cazado.

Tras reunirse de nuevo la cuadrilla en un nuevo refugio, atacado el antiguo, empezaron a buscar pistas y tramas que pudieran aclararles algo de lo que habían visto o de lo que pensaban estaba pasando en la oscuridad de Munich.


Sabían que pronto tendrían que enfrentarse a algo, y no querían hacerlo sin tener algo de orden en todo aquél caos. Obtuvieron un par de éxitos en su empeño, pero cuando todo parecía ir viento en popa, el destino les jugó una mala pasada.

La Brujah tuvo un segundo encuentro con el cazador, del que salió tan bien parada que pudo detenerlo. Con la ayuda de Viktor, el Setita, lo llevaron al refugio para interrogarlo. Pese a estar en inferioridad númerica y bastante herido, el hombre se mostraba desafiante, pero le sacaron algo de información.

Lo iban a dejar encerrado cuando se levanto subitamente, repuesto de sus heridas, y les atacó con un símbolo tatuado en su pecho: una cruz cristiana. Parecía que el Cazador tenía algún tipo de poder escondido que los Vampiros desconocían.


En medio de la confusión el cazador saltó a la calle y empezó a huir del grupo, pero Viktor tenía un
vehículo, y cierta habilidad para conducirlo. Fácilmente le dio caza y lo atropelló, dejándolo esta vez abatido, pero aparentemente vivo. El hombre era muy resistente, eso estaba claro.

Y entonces el grupo se dio cuenta de algo y el móvil de Viktor sonó. Estaba ameneciendo. Con el sol quemándole a través de la ropa, el setita llegó a la casa ayudado del poder de Oscuridad del Tremere. Subieron de nuevo al cazador y lo encerraron con todo tipo de protecciones, mientras ellos iban a dormir.

Y así anocheció de nuevo. Rebecca, la Tzimisce, quien más había torturado al cazador, se acercó a paso lento hasta la habitación. Quitó las diferentes barreras y abrió suavemente, saboreando ya su próxima tortura, pero la siguiente visión la dejó pasmada.


El hombre no estaba. Las cuerdas seguían ligadas, las ventanas atrancadas y la puerta... Y en ese momento lo vió. Dos manchas negras en el suelo, como si fueran quemaduras, formaban dos enormes alas.